viernes, 30 de octubre de 2020

DOS VOLÚMENES. HISTORIAS DE MÁSCARAS y DIARIO DE LA MIRADA.


Desde que descubrí su novela,
El señor de Phocas, puse mi atención en este autor, Jean Lorraine (1855-1906) no porque sea un gran escritor, sino porque su nombre se asocia a un mundo literariamente específico que me interesa por la época en que se ubica. La producción literaria más notable de Lorraine da cuenta de un universo decadente de borrachos, ladrones, homosexuales, prostitutas, callejones siniestros y tomas embriagantes de éter. Lorraine escribió poesía, novelas, relatos y artículos periodísticos, y aunque pudiera detener su atención, en actualidades de orden político, literario o de índole social, su “especialización” salta enseguida la vista. Lo notable en Lorraine es cómo su obra literaria articula y define un catálogo tan concreto, la pertenencia de personajes y espacios de la acción narrativa a una misma tipología que viene a definir el tipo de compromiso vital de su autor y las pintorescas limitaciones a que somete su imaginación literaria. Lorraine se declara nativo de este mundo límite, de este universo maldito y utiliza sus personajes extremos e híbridos en visor interpretativo de la actualidad. Lo decadente, lo grotesco, lo criminal, lo éticamente punible, configuran un paisaje  de aventuras en el que poder sumir más que la curiosidad. Lorraine no denuncia sino que convierte en expresión de los tiempos, es decir, estetiza, su selección de transgresiones e historias.  

El mensaje está claro: para Lorraine el mundo es un surrealista baile de máscaras y lo vuelve a confirmar, ejemplarmente, en este conjunto de narraciones cuyo motivo único y central es el de la vivencia de la máscara en cualquier aspecto de la realidad cotidiana o marginal.

Ya he dicho que Lorraine no me parece un escritor notable. Llama la atención su especialización literaria. Del mismo modo que existe la literatura erótica, la de ciencia ficción, o la novela dramática, Lorraine nos ofrece la singularidad de su género, desde la que, sordamente, como todo artista, articula su protesta e imaginariamente instala su hogar: todo decadentismo es una suerte de fatalismo voluptuoso. Y Lorraine nos dice que él entiende el mundo de esta manera, porque a fin de cuentas a donde el mundo real tiende es a los extremos inconfesados y peligrosamente periféricos.

 


Diario de la mirada es un volumen menos analizable que el de Lorraine, a pesar de su vibrante materia, pues ya es todo él un conjunto seriado de observaciones sobre un acto tan soberano y discriminatorio como el mirar.

La etiqueta de singularidad intelectual nos la ofrece la autoría – Bernard Nöel -de estas anotaciones: no son las de un psicólogo, ni las de un filósofo de las sensaciones o un neurobiólogo, sino las de un poeta. Para mí, al menos, esto añade un plus de interés y de emoción, pues quien reflexiona lo hace dese su sensibilidad y capacidad imaginativa, y no desde la posición determinada de un técnico o especialista. Así pues, aquí la libertad especulativa vuela en fragmentos complejos y aforismos curiosos. Y lo procura hacer Noel es, antes que un desglose conceptual sobre lo que significa mirar, ubicarnos en las líneas de arranque de un proceso tan crucial y tan cotidiano.

Mirar es, latamente, discernir, y todo mirar despliega una perspectiva. A partir de saquí todos los detalles y sutilezas se suman para intentar saber y definir qué implica el mirar, qué funciones cognoscitivas pone en juego y dependen de la acción de mirar.  

Mirar y escribir son dos operaciones intelectivas de carácter sinónimo,  consecuente una con respecto a la otra. Recorrer un espacio con la mirada, quiere decir que voy registrando los componentes concretos de un espacio, así como los detalles de tales componentes, integrando en imágenes lo que es una síntesis de lo percibido. En definitiva, me hago consciente de la clase de objetos que llenan y ocupan el espacio, convirtiendo a este en una  relación descrita de tales objetos. Si al escribir edifico una memoria, qué es lo que en realidad registro para tal acontecer: listas netas de cosas, representaciones, conjuntos de sensaciones e impresiones, el ahormamiento mental de la idea….  

Cuando escribo también hago un determinado recorrido incipientemente narrativo, acumulo una relación de hechos o personajes, cuyo destino intento dirimir desde la mirada misma. El paralelismo entre mirar y escribir se revela aquí como una operación de selección e identificación, sabiendo que la relevancia de la imagen precisa aclaraciones de su génesis.

Todas las incidencias, implícitas y explicitas,  que el acto de mirar supone,   retan en el texto de Bernard Noel, al poder de una escritura inmediata y virtuosa a reproducir en su lenguaje tales evoluciones.

Noel, más que explicar directamente la naturaleza del mirar, describe, pues,  sus evoluciones, aplicadas sobre cualquier medio y circunstancia, con la idea de acotar las motivaciones y su alcance espacio-conceptual.

Mirar es ubicarse frente a un objeto o conjunto de ellos. Las causas de este ubicarse para desplegar entonces la mirada profunda, emotiva o lineal, es una de las mayores preocupaciones de Noel.

Las estrategias que adopta la mirada para emprender un objeto, su idea o sus consecuencias contextuales componen el eje fundamental de la reflexión sobre el mirar, pues es aquí donde se efectúa la convergencia de la identificación conceptual y la percepción espacial. A donde Bernard Nöel quiere llegar es, nada más y nada menos, que a ese instante luminoso, secreto,  en el que lo real se convierte imperceptiblemente en visible.

No hay comentarios: